Experiencias que nunca olvide.

Hola, mi nombre es Jesús Amador y soy estudiante de Ingeniería Agronómica, sección A. Este blog lo realizo para la asignatura de Técnicas de Redacción y quiero aprovechar para contar algunas experiencias que recuerdo de mi infancia y que hasta el día de hoy siguen siendo historias que me llaman la atención cuando las recuerdo.

Cuando tenía entre cinco y seis años, vivía en una casa que tenía un patio enorme. Detrás de la casa había un cerro lleno de árboles de mango muy grandes. Era un lugar donde mi hermano y yo pasábamos mucho tiempo jugando. Nos gustaba subir, correr, buscar mangos y explorar todo el lugar como si fuera una aventura. La mayoría de las tardes las pasábamos allí porque había mucho espacio y porque era uno de nuestros lugares favoritos para divertirnos. Sin embargo, también era un sitio donde la gente contaba muchas historias sobre cosas extrañas que supuestamente aparecían entre los árboles.

La primera experiencia que recuerdo ocurrió una tarde mientras jugaba con mi hermano. Cerca de ese cerro había una parte donde algunas personas acostumbraban ir a lavar ropa. Ver personas allí era algo normal, por eso al principio no nos llamó la atención. Lo que sí nos pareció extraño fue ver a una señora vestida completamente de blanco. En ese momento recordamos algunas de las historias que habíamos escuchado y comenzamos a sentir miedo. No nos acercamos para verla mejor porque éramos pequeños y estábamos muy asustados. Lo único que hicimos fue salir corriendo de regreso a la casa. Después de ese día nunca volvimos a verla. Con el tiempo he pensado que seguramente era una persona normal, pero cuando uno es niño suele imaginar muchas cosas y dejarse llevar por el miedo.

Otra historia que recuerdo tiene que ver con el duende. En aquellos días varias personas comentaban que alguien lo había visto cerca del cerro. Como éramos niños curiosos, decidimos ir a investigar para ver si era verdad. Fuimos varios, entre ellos mi hermano, unos amigos y yo. Mientras caminábamos, algunos comenzaron a decir que podían escucharlo y que estaba cerca. Todos se pusieron nerviosos cuando escucharon unos silbidos entre los árboles. Sin embargo, yo decidí fijarme mejor y observé que detrás de unos árboles estaba escondido otro niño. Era él quien estaba haciendo los silbidos para asustarnos. Mis amigos estaban convencidos de que era algo real, pero cuando vi lo que estaba pasando me di cuenta de que todo era una simple broma. Al final terminamos riéndonos de la situación.

La última experiencia tiene que ver con el cadejo. Mi hermano y un amigo suyo aseguraban haberlo visto cerca del mismo cerro. Ellos decían que era algo extraño y que no parecía un perro común. Cuando me señalaron dónde estaba, observé con atención para tratar de verlo mejor. Después de unos momentos llegué a la conclusión de que simplemente era un perro. Tal vez por la distancia o por el miedo ellos pensaron que era otra cosa, pero yo nunca logré ver nada fuera de lo normal.

Por estas experiencias, siempre he pensado que muchas veces el miedo puede hacer que imaginemos cosas diferentes a la realidad. Cuando somos niños escuchamos historias de otras personas y eso influye mucho en nuestra forma de ver las cosas. A veces basta con un ruido, una sombra o alguien queriendo hacer una broma para que nuestra imaginación empiece a trabajar.

Aunque estas experiencias ocurrieron hace muchos años, todavía las recuerdo porque fueron parte de mi infancia y de los momentos que compartí con mi hermano y mis amigos. Más allá de si aquellas cosas eran reales o no, lo importante es que me dejaron recuerdos muy interesantes y también me enseñaron a observar mejor antes de sacar conclusiones. Son historias que todavía cuento de vez en cuando y que forman parte de una etapa de mi vida que recuerdo con mucho cariño.

Comentarios